sábado, 29 de mayo de 2010


La arena de el reloj estaba empapada de vino, las fichas eran pastillas. Tuvo ganas de abandonar el juego. Le costaba, le dolía. Los autos sonaban más fuertes que nunca y el río le tendía una mano imaginaria. El tablero se hizo vómito y fue cada vez más dificil avanzar. Le quedaba tan poco amor para dar que no hizo más que aferrarse a la ira que la enceguecía, a la decepción de que no quedaba otra opción que terminar de hundirse. Donde fijara la vista, en todos los rincones de su piel, ya hasta en sus pulmones, había agua.

1 comentario:

Poly dijo...

Muy bueno Venus, deberías escribir estas cosas más seguido.